Los fotógrafos de La Amapola

Los fotógrafos de La Amapola

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Doce niños de la vereda La Amapola nos muestran su mundo, a través de la fotografía.

El fotógrafo Julián Castro acompañó durante un año a estos niños mientras exploraban, experimentaban, conocían la cámara. El sábado 29 de julio haremos inauguración oficial de la exposición.
A continuación, un escrito de Maria Cristina Restrepo sobre la mirada de estos niños:

La Amapola. Así se llama la escuela de techos blancos, pilares amarillos y juegos pintados de colores vivos en la vereda del mismo nombre en El Retiro, a la cual se llega por una carretera de tierra, bordeada de monte, de potreros, de una que otra casa moderna. Detrás de la escuela, que cuenta con un solo salón, crece un yarumo blanco y abajo, la quebrada parece demarcar el límite de este pequeño rincón del mundo. Allí estudian los doce niños que de la noche a la mañana se volvieron fotógrafos gracias al apoyo del Laboratorio del Espíritu, que facilitó su participación en un taller de fotografía digital dictado por el fotógrafo Julián Felipe Castro.

Al poco tiempo de iniciado el taller, Julián comprendió que la teoría se perdía entre esos niños cuyas mentes estaban más familiarizadas con la libertad de los espacios donde transcurren sus vidas, con lo espontáneo, con el juego, en lugar de la norma. Entonces decidió apelar a la sensibilidad de sus pequeños alumnos, quienes tenían por primera vez una cámara de fotografía en las manos. Comenzaron entonces a trabajar con reflejos de luz, con el paisaje, con la composición estética, con el hallazgo. La respuesta de los niños, entre quienes se destacaban ya algunos con verdadero talento, fue inmediata. Y la cámara digital, ese instrumento hasta ahora ajeno, pasó a ser una extensión de sus ojos.

El mérito de esta muestra radica precisamente en el hecho de que el trabajo no proviene de personas profesionales, sino de unos niños que apenas comienzan a conocer la realidad. Pese a sus pocos años, a no haber salido de su parcela, su trabajo evidencia una visión fresca y al mismo tiempo sabia del entorno, de las relaciones del hombre con la naturaleza. Es el reflejo de una mirada sorprendentemente artística, de un innato sentido estético, no condicionado por preceptos, ni cánones. Allí está presente la habilidad propia para captar la poesía del instante, para atrapar la luz que se desvanece en el crepúsculo, para establecer un diálogo entre la subjetividad y el objeto capturado.

El elemento predominante de la muestra es el color. Descuella en las composiciones que pueden ser formales, cuidadosamente convencionales, hasta arriesgadas en la búsqueda de lo abstracto. Fotografías que van más allá de un nombre. Un nacimiento de agua, sí, pero también una nebulosa, un fragmento de cristal, un cuadro impresionista. Unas nubes bordeadas de luz que recuerdan figuras de animales, que hacen pensar en la brisa, en la velocidad, en lo fugaz.

La mirada de los fotógrafos transmuta los objetos de la cotidianidad en potentes imágenes cargadas de fuerza, de magia. Una flor roja vibra en medio de un fondo verde y blanco, logrando un admirable equilibrio entre forma y color, entre luces y sombras, difícil de alcanzar aún para un fotógrafo experimentado. El primer plano poderoso, contundente, permite olvidar por un instante todo lo demás. Un seto de flores de distinto color se funde con las sombras, reclamando su lugar en el paisaje. Los animales, figuras familiares en la vida de los pequeños fotógrafos de La Amapola, están representados en el gato ovillado sobre una sencilla tela en tejido de punto, telón de fondo para una imagen que bien podría salir de un cuento de hadas, ser una creatura mitológica, el producto de un sueño, o simplemente una mascota familiar.

Es evidente que los atardeceres que señalan el rápido paso del día a la noche, comunican algo importante a los artistas de esta muestra. El talento de una fotógrafa de 12 años nos regala un tramonto que es un virtuoso claroscuro, las sombras realzadas por el fuego del sol que se oculta detrás de la montaña cuya solidez se acentúa en el reflejo de luminoso, fundiéndose con las nubes. Estas fotografías del final del día, capturan, deteniéndolo en un instante, el correr de las nubes en el cielo azul cobalto. Fotografías en las que se oye el silencio, en las que el sol que pronto desaparecerá cobra importancia al definir de manera contundente el contorno de las ramas de un árbol, el perfil de la montaña, la cualidad líquida de las nubes.

La luz es otro elemento constante: plena, radiante en algunos casos, acentúa el color de las cosas y le confiere una cualidad misteriosa al mundo. Detrás de unas nubes, iluminando la figura humana, o dando paso a la noche, es también sujeto, una fuerza que le brinda a lo demás, árboles, montañas, un seto de flores, el aspecto de una innegable verdad.

Los fotógrafos de La Amapola nos regalan en su primera muestra, una visión auténtica, propia del mundo que los rodea. El que ellos conocen, más allá del cual no existe, por el momento, nada más. Y no es que haga falta, pues el espectador queda con la impresión de que allí lo tienen todo: la tierra, el agua, el cielo, las flores, el viento, los árboles, los animales, el tiempo. Ellos mismos.

María Cristina Restrepo