Los habitantes de la casa de las estrellas

Los habitantes de la casa de las estrellas

De la guirnalda de lugares comunes con que se adorna a la infancia -la ternura de los niños, su imaginación sin límites, su risa plural y contagiosa, sus dibujos espontáneos- no creo en ninguno.
Donde otros adultos ven imaginación sin censura yo veo dibujos sin sentido; donde otros ven frases a las que otorgan la categoría de verdades reveladas, yo veo oraciones torpes dictadas por la ignorancia del idioma. Donde todos los padres ven genios, yo veo humanos a escala que, en su mayoría, serán señores y señoras comunes que no descubrirán el origen del universo ni escribirán la novela perfecta, que tendrán empleos anodinos y envejecerán viendo televisión junto a hijos perfectamente comunes en los que, a su vez, querrán ver a niños genios. El etcétera es eterno.
Leila Guerriero

La vida es una imagen/ que va desdibujándose, perdiendo los contornos/ día a día. Crecer es el tránsito de la imagen precisa/ a la distorsión. Quiero seguir siendo niña/ para conservar la vista.
Claudia Masin


Cuando le pusieron el nombre a esta charla, lo dudé, podría parecerle a muchos algo dulzón y previsible, esa dosis insufrible de glucosa que le untamos muchas veces a la infancia, y sobre la que ironiza Guerreiro. Lo pensé mejor y decidí acoger el nombre, suponer, ¿por qué no? que los habitantes de la casa de las estrellas pueden ser los niños. Lo asumí para que conversemos alrededor de la infancia y del libro, al que Carlos Gómez de 12 años le pone título, al escribir que el Universo es la casa de las estrellas.

Sospecho que al publicar lo que han escrito los chicos en muchos talleres, los políticamente correctos me culparán de no mostrar a los críos como pinta Rubens a sus angelitos, mofletudos y sonrosados, inmersos en una paz bobalicona que los baña en candor y arrobamiento. Hay expresiones gastadas que definitivamente no habito (y los niños tampoco), como: ah, esas creaturas siempre maravillosas, tiernas, dechado de poesía pura. Querubines en cielos de mermelada. Esos pobres seres a quien nadie escucha, expoliados siempre, maltratados siempre, sometidos a nuestros caprichos y a la tiranía de los adultos. Víctimas inermes de nuestro deseo enfermizo, y de la orden de que busquen oficio apenas desocupan el vientre. Oh, dificultad extrema: su dura voluntad domesticada por nuestro estéril esfuerzo para que entiendan las reglas del mundo: lo que es bueno, y lo que es malo, y los convertirá en ciudadanos ejemplares con “carro, casa y beca”. Los infantes, súmmum de imaginación y creatividad sin límites, pequeños artistas a pesar suyo. Los niños sin dobleces, sin hipocresía, sin crueldad alguna, ni maldad posible. Seres que veneran al papá y la mamá sobre todas las cosas, y a los cuales hay que tratar con diminutivos para que nos entiendan, porque su cabecita aún no asimila nuestras voces demasiado graves.

Aquí quiero recordar a Wilde: “Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan”.

¿Dónde está la precisa manera para entender lo que son los chicos?, ¿lo que hacemos los adultos de su vida?, ¿cuál es el argumento que define pleno y contundente lo que es ser niño? Siempre hay matices, pero con certeza está el maltrato que les procuramos, y campeando, la ceguera que tenemos para el otro, y más para el niño. La abrumadora soledad de esos primeros años sin nadie que acompañe, abrazando su vida. O la sobrestimulación a la que también los sometemos para que no los toque la necesaria soledad, el encuentro consigo en el silencio que alumbra. Y omnipresente está la paulatina enfermedad que nos carcome, sin redención alguna mientras crecemos, y cuyos síntomas describe Andrés Felipe Bedoya, de 8 años, al señalar que un adulto es una persona que en toda cosa que hable, primero ella.

La infancia es una condición, una manera particular de estar en el mundo, de entenderlo y habitarlo. Una mirada más justa no creo que esté en lo que dicen tantos con argumentos babosos y pegotes, ni en quienes suponen a las crías de nuestra especie como tiranos prepotentes, engreídos, ignorantes, carentes de una percepción de lo real, sugestiva y dadora.

Escribe Bachelard: El niño conoce la ensoñación cósmica, la que nos une al mundo, es en los recuerdos de esta soledad cósmica, donde encontraremos el núcleo de infancia que permanece en el centro de la psiquis, nuestras ensoñaciones hacia las ensoñaciones infantiles nos permiten conocer a un ser previo a nuestro ser; toda una perspectiva de antecedencia de ser, contada por los poetas. Es volver al origen.

Con el perdón de Andrés Felipe, aquí voy en primera persona, para referir algo de lo que he visto en los más de veinte años que he pasado con los “mostricos” o los “angelitos” conversando, recogiendo sus voces, intentando, a pesar de mis propias y patéticas urgencias, escucharlos, verlos a los ojos, alcanzar su altura.

En una de las sesiones de trabajo en un barrio de desplazados colgado de las laderas de Medellín, Alexandra Villa de diez años, se describió: “soy la gota que quema tu fresca carne”. Leí desprevenido, me detuve, volví a leer, y, a pesar de que creo que soy cercano a los niños, quedé asombrado y le hice un montón de fiestas y zalemas que ella no entendió. Me miraba como diciendo ¿qué gracia tiene eso que escribí? Y éste y otros hallazgos más me han hecho pensar algo que voy a tratar de esbozar poniéndome muy serio, actitud de grande que a Alexandra y a los chicos en general los tendría sin cuidado.

Aseguran que ya está revaluada la teoría que dice en alguna parte de la sicología evolutiva, que en el desarrollo de un ser humano se repite el de la especie. La ontogénesis reproduce la filogénesis. Juguemos a descreer que trascendimos esa idea, y aventuremos que el niño estaría apenas en ese estadio “primitivo” cercano al animismo, donde todo estaba dotado de un “alma” común, y no nos sentimos diferenciados del mundo. Decir yo, era decir el mundo. Y ansiamos retornar, volver a la unidad que es el alivio de la separación de la criatura humana. Al crecer tenemos avidez de individuación, presión social para distinguirnos, pero en el fondo nuestro íntimo ser anhela “reunirse”, y para esto último inventamos algunas cosas que se supone nos entregan acuerdo: religiones, promesas de paraísos, ideologías, el arte, la poesía, el amor, el erotismo. Algunos de estos “inventicos” nos procuran concierto; otros como las ideologías y las religiones más bien nos disocian de manera implacable. Tratamos de distinguirnos de la manada, pero ah, adentro de nuestras soledades, cómo desespera cada uno por descansar de sí mismo para fundirse en comunión, en esos breves momentos de gracia que muchos místicos y artistas han hallado. Hierofanías las llaman, y cuando contemplamos “entramos en templo”, logramos esa unión que nos borra del nombre, donde ser y estar no se extrañan.

Dicen “los que saben” que la especie humana ha ido “mejorando”, creciendo en complejidad. Construyendo para ello o a partir de ello capas cerebrales. Que nuestra evolución ha afirmado el imperio del yo, la eficacia del individuo, el dominio de nuestras emociones y el control de nuestros instintos. Se supone que la sensación de pertenencia a un Todo estaría más cercana a estructuras arcaicas del cerebro, que de pronto es el mismo sitio donde pueden estar la experiencia mística y la poesía… ¿Y la manera sin tiempo del mundo que habita la infancia? Esa infancia que viene del latín infans: el que no habla. Los niños que por definición son dizque mudos, o no saben hablar y menos escribir. Pero condescendemos a admitir que ellos tienen viva su “capacidad de asombro”, que su imaginación es riquísima, que son profundamente intuitivos. Leyendo lo que escriben, viéndolos entregados a sus juegos, siento que hay algo más hondo: a lo mejor ellos pueden vivir de manera más natural la Unidad, que para nosotros es esquiva. No quiero idealizarlos, esto no niega su “crueldad inocente” y el desgarramiento y el dolor, que el mundo paulatinamente va dándoles y que reflejan en sus escritos.
Para ellos el tiempo camina distinto, y la riqueza de las imágenes en sus palabras es común, porque con imágenes lo nombrado va más allá del sentido unívoco que entrega el lenguaje meramente utilitario. El mundo es más rico porque está enlazado de correspondencias.

Muchos han especulado sobre las primeras manifestaciones del lenguaje y han concluido que después de los gritos y los gruñidos, la voz se fue modulando para encontrar analogías y las palabras entonces hablaron de los hilos que nos unen a todo. Parece que la poesía en el lenguaje estuvo en los primeros tiempos de la especie, cuando participábamos de lo indiferenciado. Y las palabras que el niño-poeta usa nos lo recuerdan. La poesía está en su habla natural, y los niños ni lo saben -ni les importa- porque cuando los dejamos, dicen las cosas así como las dicen, con toda tranquilidad, hondura y total despropósito.

A pesar del escepticismo de Guerriero, que con justicia se cuida del complejo de Peter Pan, quizás ella no hubiera podido ver y evocar poesía en su bello libro Una Historia Sencilla, cuando escribió de Rodolfo González, campeón del baile tradicional de Malambo:

“Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo de verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra…”.

Asegura Juan José Millás que es imposible que un escritor llegue realmente lejos si no se sigue maravillando – como un niño- con los fenómenos de la naturaleza, si no es capaz de descubrir que detrás de muchos de los sucesos en apariencia rutinarios se esconden motivos extraordinarios.

Recuerdo mi ensueño cuando un astrónomo muy famoso desde el televisor nos miraba a todos a los ojos, y muy seguro afirmaba que somos polvo de estrellas. Ya no es metáfora, pero quizás volvemos a habitarlas (solacémonos con la idea), cuando algo niño en cada uno vive el mundo con la novedad de lo que apenas nace, y nos recuerda nuestra condición de pertenencia, fusión, abrazamiento a cuanta cosa, que sin duda también es nosotros.

Hay un cuento maravilloso de H.G. Wells que se llama La puerta en el muro, el protagonista es un adulto que recuerda su vida de niño y el descubrimiento en una calle sórdida, de una puerta verde que en sus recorridos diarios nunca había observado. Cuando atraviesa la puerta, encuentra un jardín que describe así: Allí encontré compañeros de juegos, lo cual fue mucho para mí, porque yo era un niño solitario. Jugaban a unos juegos deliciosos en un prado cubierto de hierba en el que había un reloj de sol hecho de flores. Y mientras se jugaba, se amaba… En Casa de las Estrellas, Ricardo Mejía dice que juego es estar contento y amando. Como si Ricardo a sus diez años ya conociera bien ese jardín, que no es propiamente un espacio sino el tiempo de despropósito de la infancia, que esplende en medio de lo que para tantos niños y adultos es sólo miseria cotidiana.

Ser niño es poder encontrar a veces la puerta en el muro de los días, y atravesarla hallando la alegría del tranquilo amor, en donde las panteras ronronean como gatos mansos y complacidos. No hay peligro alguno, ni disonancia, ni angustia, no hay orfandad. Ya no podremos olvidar nunca ese estado del ser donde a pesar de tanto dolor y pérdidas, todo palpita y destella en la mirada. Recién creado, destila, se unge de novedad.  Adultos buscaremos siempre,-ay, tantas veces en vano-, volver a caminar en embeleso ese jardín.

(Este texto fue presentado por Javier Naranjo, coordinador de la Biblioteca y Centro Comunitario Rural Laboratorio del Espíritu, en la II Bienal Brasil del Libro y la Lectura 2014)