Sara Lusini

“Ahora llueve y no puedo hacer mi taller, estoy mirando el agua y me da por pensar. Recorro los últimos tres meses como paseando en una atardecer por las orillas de mi memoria. Cuando llueve aquí en el trópico no es como para nosotros, y además lo percibo distinto, los aguaceros, tal vez, inician con goterones tan espaciados entre sí que puedo estar a cielo abierto mucho tiempo sin bañarme, dándome una impresión de un raro bienestar y haciéndome sentir como si fuera la domadora de la lluvia. Hoy está lloviendo… me parece que ya lo mencione, y entonces me fumo un cigarrillo esquivando los goterones y pienso. Mientras lo hago veo al frente de la Biblioteca una oveja negra rasta, de pelo largo y la quiero. Cuando me mira y me dice beee me derrito. He sentido simpatía por este ovino desde el primer momento que lo vi, no lo sé explicar pero me simpatiza.

Volviendo a los recuerdos, tengo que impregnarme para darles un orden, los días, los rostros, las palabras se sobreponen y empiezan a jugar con la lluvia, que ahora es más fina y difícil de esquivar. Me vienen a la mente los primeros días pasados en El Retiro donde estaba justamente desubicada, los saludos, las presentaciones de los niños que poco a poco empezaba a conocer. Sus voces y sus simpáticas preguntas. Recorro el tiempo y veo el primer taller fotográfico: el estupor cuando dibujé con una pluma imaginaria el viaje de Italia a Colombia, y cuando mostré las fotos de la nieve que cae en mi pueblito toscano.

Veo la primera noche en Colombia, pasada en casa de Gloria, una casa fuera de la imaginación, vieja de 200 años, surreal y sugestiva, lejana, blanca, algo que te golpea adentro… al menos a mi sensibilidad europea. La primera noche la pasé en un ático, las escaleras que me soportaron son violetas con amarillos peculiares, en tonos con las puertas y las ventanas. Todo es antiguo, el mobiliario, los cuadros. Todo de un gusto infinito. Un mantel con largas franjas rojas cubre una mesita redonda donde descansa una lámpara verde con cenefas y un conejo de cerámica. Hay plantas que se enredan en el baño y una bailarina de fado, de vidrio soplado que oscila sobre la tapa del sanitario. Podría continuar por horas hablando del sofá de cuero rojo brillante en el jardín o hablando del jardín mismo, pero prefiero recordar ahora el día en el que construí con los niños cámaras fotográficas estenopeicas, y la expresión incrédula de Daniel (8 años) definiendo estos objetos como: “Cámaras de mentiras que toman fotos de verdad”…No habría podido decirlo de una forma más apropiada para describirlo.

El agua sigue cayendo y ahora agradezco a la bruja blanca que me mandó el sol para casi todo el tiempo de los talleres. El día que yo andaba haciendo fotos en El Retiro con los niños, un clima templado nos acompañó por las calles y nos llevó por todo el pueblo. Momentos corrientes y especiales, por ejemplo como en el cementerio, un sitio que aman los chicos menores de 13 años. No puedo entender por qué todos los chicos que he conocido y con quienes he hecho los talleres de fotografía en varias partes del mundo, en un cierto momento me han pedido tomar fotos en el cementerio. Quizás los niños no tienen temor a la muerte, más bien se fascinan con las colores de las flores que se encuentran en un cementerio, o solamente con el hecho de que en este hogar se hallan formas alternativas de vida. Personas que fueron, historias ya escritas y resumidas con un nombre y una fecha sobre una lapida. Fue memorable cuando Andrés Felipe (11 años) vino a mostrarme que en los ataúdes más recientes había un movimiento de mosquitos visitantes, y como opinaba él, esto era un indicio de que en aquellos ataúdes (en el muerto) todavía había carne y no solamente huesos.

Mientras tanto Brahian (11 años), como un verdadero periodista, estaba entrevistando al sepulturero, preguntando los horarios de apertura y cierre, ¿quién sabe por qué? No sé, me ha parecido un momento irreal y normal al mismo tiempo, una de esas ocasiones que generan preguntas sin prisa por esperar las respuestas. Lo bonito de los recuerdos es que no tienen ni espacio ni tiempo y brincan, para usar una expresión común, de rama en rama, como podría hacerlo un viejo nostálgico y bohemio.

Venir acá me ha hecho sentir catapultada a otra dimensión, un mundo mágico y perfumado que trasciende los mares, los trópicos y los confines. Un mundo que me ha hecho sentir bien y privilegiada. No estoy hablando sólo del trabajo sino de todo en general, como la persona con quien he compartido comidas y lavadora: Roberto, un señor de 65 años que le gusta la buena mesa y amante de la vida, quizás un poco melancólico, siempre música alrededor y muchos libros. Una amistad discreta y fuera de lo común, una persona que no habría encontrado en la vida de todos los días, pero él me enseño por ejemplo la definición de la palabra armonía y a tomar el café con el platico. Muchas veces me regañó por mi desorden y me escuchó, Roberto fue un confidente sabio y exigente.

La alcoba donde dormí por 3 meses tenía los vidrios de colores en las ventanas, los días llegaban y amanecía con sensación de vivir dentro de un caleidoscopio.

La lluvia se ha trasformado en aguacero, mis zapatos están completamente empapados y mi amiga oveja me ha abandonado para guarecerse debajo del alero de su establo. Los pensamientos están ahora interrumpidos por el rumor del agua que cae, el cigarrillo termina, me queda solo el filtro mojado, recojo mis cosas y voy a tomar el bus para volver a casa. Los recuerdos no terminan aquí pero el cuento sí, no necesita decir todo, habrá otros momentos y otras ocasiones. Por ahora hay un presente para vivir, otras historias para construir y como vivo cerca del ecuador, el sol pega duro otra vez.

Un abrazo y hasta pronto,

Sara Lusini (Tallerista del taller de fotografía La mía encuadratura)